Lectura

Te proponemos diferentes escritos: poesías, frases, cuentos, artículos, etc., donde se habla de la dependencia desde un punto de vista positivo que nos puede ayudar a reflexionar y ver nuestra realidad desde otro punto de vista.

ACEPTAME COMO SOY. Julio Casati, escritor y locutor argentino, realiza esta poesía para padres, poesía sobre niños con capacidades diferentes:

Sí, soy especial para ti

y, hoy te quiero contar para

que veas que si, que me puedo levantar.

Que puedo aprender, soy un niño como los demás

mírame bien, puedo jugar, puedo reír,

puedo comprender

quiero dar de mí lo mejor puedo ayudar a los demás,

puedo caminar junto a otros.

Acéptame como soy…

 Quiero aprender, quiero soñar, quiero disfrutar la vida

como tú, como uno más.

Soy apenas un niño, nada más sencillo que eso,

soy un ángel de amor

necesito ser amado, comprendido, educado

me gusta pintar, también bailar y actuar,

soy un atleta sin rival.

no soy un enfermo, no tengo problemas,

sólo quisiera que tú me comprendas,

respeta mi ritmo, entiende mi tiempo,

espera un poquito, seguro que entiendo.

Siente mi chispa, mi alegría y mi amor.

Para que puedas ver en mí la imagen de Dios.

Al igual que tú tengo metas,

dame una mano y ayúdame en ellas.

Soy especial, tengo valor pero ante todo

soy un ángel de amor por eso hoy quiero decirte…

Acéptame como soy.

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Compartimos el primer premio del VI CERTAMEN DE CARTAS DE AMOR PARA PERSONAS MAYORES “GLORIA FUERTES”, cuyo ganador es: Pedro Antonio García Zanón titulado: NADIA, AMOR MIO:

Hace ya un mes de tu ausencia. Se que tu también me has soñado, porque una densa cortina de húmeda tristeza me ha cerrado los ojos sin darme cuenta. No soy capaz de abrirlos. Pero tampoco quiero, porque así puedo verte.

No se si estoy deprimido o loco o quizás muerto porque las coordenadas de la realidad a esta esta hora de la madrugada se han modificado de tal manera que, para poder respirar apenas un soplo de existencia, he dibujado sobre la sábana, la silueta de tu cuerpo dormido, con un lápiz de labios. Me he puesto, para imaginar que estoy dentro de ti, una falta y una blusa que dejaste olvidada, Pero, el pulso azul de tu blusa no basta para reverdecer el desierto de aquí adentro. Busco, en el aire, en mi ropa, en las paredes, en los pliegues de la ropa y en el armario, tu aroma a melocotón, tu voz resbalando por mi mejilla, tus manos en mi nuca, tus labios mordiendo los míos. Pero me hundo en silencio alcohólico y en brumas gélidas.

Esto es una locura, un remedio de imágenes que revolotean como mariposas blancas delante de mi retina. Las acaricio en cada valle de tu blusa. Se escapan como una melodía que vuela al infinito. He prendido un pétalo rojo, en el lugar donde estuvo tu corazón tantas veces bajo tu ropa, para que un milagro resucite un sueño imposible.

Andaría sobre las nubes, por verte ahora mismo sonríe con lo brazos extendidos hacia mí, mientras te miro sin creer que lo sucedido entre ambos haya sido real. Mi paladar, anegado de tanto beber tu nombre se disuelve en deseo. Mis ojos, inyectados de cayena, quieren ver lo invisible. Rociamos la cama con pétalos amarillos. Bajo las sábanas con pétalos amarillos. Bajo las sábanas, luchamos por vencer pudores y nos regalamos nuestros secretos con lentísima generosidad. Inventamos besos compartiendo chocolate líquido en los labios, trazamos sobre nuestra piel mapas hacia cumbres inexploradas de sensualidad luminosa.

Aquella experiencia fue como descubrir una fuente en medio del desierto.

Entonces aprendimos que el verdadero amor, no se sacia nunca por beber más y más agua del manantial del amor. Hay que beber todos los días para no tener sed.

Nadie, la ansiedad de tener el peso de tu cuerpo en mis brazos y la incertidumbre de no saber de ti, me está coagulando las venas. Quisiera que tu calor se clavara en mis poros como alfileres, haciéndome sangrar de placer hasta aniquilar la consciencia, e ir más allá de cada trocito de eternidad que había en cada minuto juntos.

Navego en un barco de bruma perdido en la sima de tu ausencia. La luz de tu memoria se desguaza en arrecifes de tristeza entre vapores agrios que asfixian respiraciones. Tengo miedo de naufragar en la nada.

Pero…el pétalo rojo bajo tu blusa…¡Dios mío! ¡Esta húmedo!…¡Huele a ti! Lo sabía…no estoy solo…está amaneciendo.

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Cuento corto “ARRUGAS” Autor: Pedro Pablo Sacristán. Un homenaje a los abuelos que siempre están dispuestos a pasar tiempo con sus nietos:

Era un día soleado de otoño la primera vez que Bárbara se fijó en que el abuelo tenía muchísimas arrugas, no sólo en la cara, sino por todas partes.

- Abuelo, deberías darte la crema de mamá para las arrugas.

El abuelo sonrió, y un montón de arrugas aparecieron en su cara.

- ¿Lo ves? Tienes demasiadas arrugas
– Ya lo sé Bárbara. Es que soy un poco viejo… Pero no quiero perder ni una sola de mis arrugas. Debajo de cada una guardo el recuerdo de algo que aprendí.

A Bárbara se le abrieron los ojos como si hubiera descubierto un tesoro, y así los mantuvo mientras el abuelo le enseñaba la arruga en la que guardaba el día que aprendió que era mejor perdonar que guardar rencor, o aquella otra que decía que escuchar era mejor que hablar, esa otra enorme que mostraba que es más importante dar que recibir o una muy escondida que decía que no había nada mejor que pasar el tiempo con los niños…

Desde aquel día, a Bárbara su abuelo le parecía cada día más guapo, y con cada arruga que aparecía en su rostro, la niña acudía corriendo para ver qué nueva lección había aprendido. Hasta que en una de aquellas charlas, fue su abuelo quien descubrió una pequeña arruga en el cuello de la niña:

- ¿Y tú? ¿Qué lección guardas ahí?

Bárbara se quedó pensando un momento. Luego sonrió y dijo

- Que no importa lo viejito que llegues a ser abuelo, porque…. ¡te quiero!

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Artículo de RAÚL ROMERO. Equipo “la brújula del cuidador”

De ellos aprendí que las personas mayores no se comunican despacio, sino que han aprendido a hablar susurrando. Me hicieron comprender que las personas mayores no escuchan peor, sino que somos nosotros los que no sabemos hacernos entender. Aprendí que los ancianos no caminan curvados como si la tierra los quisiera tragar, sino que llevan consigo una mochila de vivencias difícil de igualar. Que sus arrugas en la piel son autobiografías, y las anécdotas que nos explican son auténticos yacimientos de sabiduría. Me contaron que para llegar a ser mayor tengo que volver a jugar como un niño. Que para ganar en valentía primero tengo que perder el miedo. Que para sacar un seis dobles en el dominó primero tengo que tener las siete fichas. Me dijeron que las Primeras divisiones sólo existen en el fútbol, y que en el partido de la vida todos jugamos en la misma liga. Me contaron que los bastones sólo sirven para caminar cuando no tienes a nadie en quien sujetarte. Junto a ellos aprendí a sentir el silencio, a escuchar la calma, a caminar más lento en un mundo cada vez más acelerado…

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JOSÉ SARAMAGO- “A los mayores”:

Frecuentemente me preguntan que cuántos años tengo. ¡Que importa eso!. Tengo la edad que quiero y siento. La edad en que puedo gritar sin miedo lo que pienso. Hacer lo que deseo, sin miedo al fracaso, o lo desconocido. Tengo la experiencia de los años vividos y la fuerza de la convicción, de mis deseos. ¡Que importa cuántos años tengo!. No quiero pensar en ello. Unos dicen que ya soy viejo y otros que estoy en el apogeo. Pero no es la edad que tengo, ni lo que la gente dice, sino lo que mi corazón siente y mi cerebro dicte. Tengo los años necesarios para gritar lo que pienso, para hacer lo que quiero, para reconocer hierros viejos rectificar caminos y atesorar éxitos. Ahora no tienen porqué decir: Eres muy joven no lo lograras. Tengo la edad en que las cosas se miran con más calma, pero con el interés de seguir creciendo. Tengo los años en que los sueños se empiezan a acariciar con los dedos. Y las ilusiones se convierten en esperanza. Tengo los años en que el amor, a veces es una loca llamarada, ansiosa de consumirse en el fuego de una pasión deseada. Y otras en un remanso de paz, como el atardecer en la playa. ¿Que cuantos años tengo? No necesito con un número marcar, pues mis anhelos alcanzados, mis triunfos obtenidos, las lágrimas que por el camino derramé al ver mis ilusiones rotas… valen mucho más que eso. ¡Que importa si cumplo veinte, cuarenta, o sesenta!. Lo que importa es la edad que siento. Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedos. Para seguir sin temor por el sendero, pues llevo conmigo la experiencia adquirida y la fuerza de mis anhelos. ¿que cuantos años tengo? ¡ Eso a quien le importa!. Tengo los años necesarios para perder el miedo y hacer lo que quiero y siento.

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